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Londres visto por una española a la que le encantaría ser inglesa, pero luego no le sale porque nació en el Mediterráneo

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La luz de Londres

Hoy hace un día fresco, ventoso y un tanto gris en Madrid. Hace que me acuerde del verano pasado en Londres, donde solo hubo una noche en la que pude vestirme de auténtico verano. O de lo que una mediterránea considera un verano de verdad.

Mientras yo me resignaba a seguir usando medias, chaquetitas y hasta el plumas en pleno mes de agosto, mis amigos publicaban en Facebook las fotos de sus vacaciones en la playa. ¡Ah, esos atardeceres dorados como sacados de una pintura de Sorolla! Y en Londres, un día y otro y otro, el sol se escondía tras las nubes como si no encontrara fuerzas para soplar y apartarlas de su camino.  

En verano amanecía muy pronto, y solía hacer un día espléndido. Pero antes del mediodía ya habían aparecido las nubes. Blancas, espesas y caprichosas. Parecía que jugaran contigo. Cuando se alejaban por un momento y tú corrías a tirarte en el césped, habían regresado antes de que encontraras la postura. Y ya no volvían a marcharse. Días incómodos, lluviosos, tardes inhóspitas barridas por el viento.

A lo largo de un solo día, y especialmente en verano, Londres puede pasar por las cuatro estaciones en cuestión de horas. Tal vez llueva cuando cierras la puerta de casa, pero es posible que al salir del metro media hora después haga un calor bochornoso (aunque nublado). Y si te pones el trench, seguramente tengas que cargar con él dos horas más tarde porque al sol le ha dado por asomarse un rato (su rato diario) y te abrasas. Ahhh, viviendo en países así entiendes enseguida por qué los guiris parecen lagartijas que salen de sus cuevas en cuanto brota un rayito de sol. 

Lo que sí me gusta del verano en Londres son los atardeceres. Es como si a las 8 o 9 de la noche las nubes se aburrieran de tomarle el pelo al personal y se retiraran en bloque. Y entonces el cielo se transforma en un cielo mediterráneo. La luz de Londres, habitualmente fría, dura e implacable con las imperfecciones de la piel, se vuelve dulce, acaramelada, limpia. Y cuando el último sol, rojo como un corazón arrebatado, rebota sobre el Tower Bridge para reflejarse en las aguas del Támesis, dices, una vez más, ¡Ah, qué belleza!

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